Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de mayo de 2016

DESCONFIAR DE LA ESPERANZA



Esta reflexión puntual se inspira en la lectura del último ensayo de Terry Eagleton, Esperanza sin optimismo (Taurus, México, 2016). No es una reseña ni pretende dar cuenta del libro sino poner en tela de juicio el sentido y el alcance político de la noción de esperanza que, en tiempos recientes, ha sido recuperada y colocada en el centro de más de un proyecto partidario en distintas latitudes.

Eagleton, con el humor y la erudición que le son propios, haciendo gala de sus conocimientos literarios, filosóficos y teológicos, desecha el concepto de optimismo y rescata una perspectiva centrada en la esperanza, no sin arreglar cuentas con Ernst Bloch, el filósofo de la esperanza vuelta principio. En medio de su interesante y aguda disertación sobre el tema, es notable y sintomática la ausencia de una evaluación política del concepto. El autor liquida la tensión optimismo-pesimismo de Gramsci en medio párrafo y se refiere a Marx en términos de filosofía de la historia y no al Marx y al marxismo políticos. No obstante, la cuestión vuelve por la ventana y al final del libro, Eagleton se pronuncia contra la “ficción terapéutica” de que “siempre hay oportunidades revolucionarias” (200) y se consuela con la idea de que aun cuando “la justicia no se imponga al final, una vida dedicada a su búsqueda sigue siendo digna de encomio” (201). Otra forma de argumentar el valor de la esperanza sin optimismo.

La cuestión más problemática y polémica relacionada con la defensa y la exaltación del principio esperanza es no sólo política en general sino ligada a la acción política en particular. La noción de esperanza tiene una evidente pendiente pasiva y desmovilizadora originada tanto en su anclaje en la tradición cristiana, de la mano de la fe y la caridad, como en su etimología latina vinculada a la espera, a la confianza, a la fe en lo que vendrá. La palabra inglesa hope tiene igualmente un origen religioso y es definida por Eagleton como “deseo más expectativa” (98). Evoca e implica una actitud contemplativa, ligada a la posible y deseada llegada de un evento emancipador o de un mesías salvador. Sorprendentemente, Eagleton se plantea sólo de paso esa cuestión central, preguntándose si la noción de esperanza tiene un aspecto pasivo y si su opuesto es “la pura autodeterminación” (112), pero sigue inmediatamente, y sin sobresaltos, en su elogio de la esperanza, remarcando que tiene la virtud de que “nos recuerda lo que rehúsa nuestro dominio”; es decir, resulta portadora de humildad (113). Ni una mención a la política, al conflicto y a la lucha.

No se requieren grandes digresiones para sostener que, a contrapelo del razonamiento filosófico de Eagleton y aun asumiendo la incertidumbre respecto a los fines y los medios políticos, no podemos prescindir, ni menos privarnos voluntariamente, de un principio de activación política y relegarnos en una actitud contemplativa, eventualmente fatalista, sin duda despolitizadora y desmovilizadora donde, como dice el refrán popular: la esperanza muere al último.

No por nada desde una perspectiva marxista, incluso en nuestros tiempos desesperanzadores, se reacciona reivindicando e impulsando posturas y actitudes centradas en la lucha, en el antagonismo y en el anticapitalismo, como formas activas, si se quiere, de esperanza militante y combativa, pues hay que desconfiar de una esperanza sin adjetivos y sin sujeto.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Origen y auge de las lumpenburguesías latinoamericanas

Elites económicas y decadencia sistémica [1]
Por Jorge Beinstein / LaHaine


A raíz de la llegada de Mauricio Macri a la presidencia se desató en algunos círculos académicos argentinos la reflexión en torno del “modelo económico” que la derecha estaba intentando imponer. Se trató no solo de hurgar en los curriculum vitae de ministros, secretarios de estado y otros altos funcionarios sino sobre todo en la avalancha de decretos que desde el primer día de gobierno se precipitaron sobre el país. Buscarle coherencia estratégica a ese conjunto fue una tarea ardua que a cada paso chocaba con contradicciones que obligaban a desechar hipótesis sin que se pudiera llegar a un esquema mínimamente riguroso. La mayor de ellas fue probablemente la flagrante contradicción entre medidas que destruyen el mercado interno para favorecer a una supuesta ola exportadora evidentemente inviable ante el repliegue de la economía global, otra es la suba de las tasas de interés que comprime al consumo y a las inversiones a la espera de una ilusoria llegada de fondos provenientes de un sistema financiero internacional en crisis que lo único que puede brindar es el armado de bicicletas especulativas.

Algunos optaron por resolver el tema adoptando definiciones abstractas tan generales como poco operativas (“modelo favorable al gran capital”, “restauración neoliberal”, etc.), otros decidieron seguir el estudio pero cada vez que llegaban a una conclusión satisfactoria aparecía un nuevo hecho que les tiraba abajo el edificio intelectual construido y finalmente unos pocos, entre los que me encuentro, llegamos a la conclusión de que buscar una coherencia estratégica general en esas decisiones no era una tarea fácil pero tampoco difícil sino sencillamente imposible. La llegada de la derecha al gobierno no significa el reemplazo del modelo anterior (desarrollista, neokeynesiano o como se lo quiera calificar) por un nuevo modelo (elitista) de desarrollo, sino simplemente el inicio de un gigantesco saqueo donde cada banda de saqueadores obtiene el botín que puede obtener en el menor tiempo posible y luego de conseguido pugna por más a costa de las víctimas pero también, si es necesario, de sus competidores. La anunciada libertad del mercado no significó la instalación de un nuevo orden sino el despliegue de fuerzas entrópicas, el país burgués no realizó una reconversión elitista-exportadora sino que se sumergió en un gigantesco proceso destructivo.

Si estudiamos los objetivos económicos reales de otras derechas latinoamericanas como las de Venezuela, Ecuador o Brasil encontraremos similitudes sorprendentes con el caso argentino, incoherencias de todo tipo, autismos desenfrenados que ignoran el contexto global así como las consecuencias desestabilizadoras de sus acciones o “proyectos” generadores de destrucciones sociales desmesuradas y posibles efectos boomerang contra la propia derecha [2]. Es evidente que el cortoplacismo y la satisfacción de apetitos parciales domina el escenario.

En la década de 1980 pero sobre todo en los años 1990 el discurso neoliberal desbordaba optimismo, el “fantasma comunista” había implotado y el planeta quedaba a disposición de la única superpotencia: los Estados Unidos, el libre mercado aparecía con su imagen triunfalista prometiendo prosperidad para todos. Como sabemos esa avalancha no era portadora de prosperidad sino de especulación financiera, mientras la tasas de crecimiento económico real global seguían descendiendo tendencialmente desde los años 1970 (y hasta la actualidad) la masa financiera comenzó a expandirse en progresión geométrica. Se estaban produciendo cambios de fondo en el sistema, mutaciones en sus principales protagonistas que obligaban a una reconceptualización. En el comando de la nave capitalista global comenzaban a ser desplazados los burgueses titulares de empresas productoras de objetos útiles, inútiles o abiertamente nocivos y su corte de ingenieros industriales, militares uniformados y políticos solemnes, y empezaban a asomar especuladores financieros, payasos y mercenarios despiadados, la criminalidad anterior medianamente estructurada comenzaba a ser remplazada por un sistema caótico mucho más letal. Se retiraba el productivismo keynesiano (heredero el viejo productivismo liberal) y comenzaba a instalarse el parasitismo neoliberal.

El concepto de lumpenburguesía

Existen antecedentes de ese concepto, por ejemplo en Marx cuando describía a la monarquía orleanista de Francia (1830-1848) como un sistema bajo la dominación de la aristocracia financiera señalando que “en las cumbres de la sociedad burguesa se propagó el desenfreno por la satisfacción de los apetitos más malsanos y desordenados, que a cada paso chocaban con las mismas leyes de la burguesía, desenfreno en el que, por la ley natural, va a buscar su satisfacción la riqueza procedente del juego, desenfreno por el que el placer se convierte en crápula y en que confluyen el dinero, el lodo y la sangre. La aristocracia financiera, lo mismo en sus métodos de adquisición, que en sus placeres, no es más que el renacimiento del lumpenproletariado en las cumbres de la sociedad burguesa” [3]. La aristocracia financiera aparecía en ese enfoque claramente diferenciada de la burguesía industrial, clase explotadora insertada en el proceso productivo. Se trataba, según Marx, de un sector instalado en la cima de la sociedad que lograba enriquecerse “no mediante la producción sino mediante el escamoteo de la riqueza ajena ya creada” [4]. Ubiquemos dicha descripción en el contexto del siglo XIX europeo occidental marcado por el ascenso del capitalismo industrial donde esa aristocracia, navegando entre la usura y el saqueo, aparecía como una irrupción históricamente anómala destinada a ser desplazada tarde o temprano por el avance de la modernidad. Marx señalaba que hacia el final del ciclo orleanista “La burguesía industrial veía sus intereses en peligro, la pequeña burguesía estaba moralmente indignada, la imaginación popular se sublevaba. París estaba inundado de libelos. “La dinastía de los Rothschild”, “Los usureros, reyes de la época”, etc. en lo que se denunciaba y anatematizaba, con más o menos ingenio, la dominación de la aristocracia financiera” [5].

Resulta notable ver aparecer a los Rothschild como “usureros”, imagen claramente precapitalista, cuando en las décadas que siguieron y hasta la Primera Guerra Mundial simbolizaron al capitalismo más sofisticado y moderno. Karl Polanyi los idealizaba como pieza clave de la Haute Finance europea, instrumento decisivo, según él, en el desarrollo equilibrado del capitalismo liberal, cumpliendo una función armonizadora poniéndose por encima de los nacionalismos, anudando compromisos y negocios que atravesaban las fronteras estatales calmando así la disputas interimperialistas. Describiendo a la Europa de las últimas décadas del siglo XIX Polanyi explicaba que: “los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez” [6].

Lo que para Marx era una anomalía, un resto degenerado del pasado, para Polanyi era una pieza clave de la “Pax Europea”, del progreso liberal de Occidente quebrado en 1914. La permanencia de los Rothschild y de sus colegas banqueros durante todo el largo ciclo del despegue y consolidación industrial de Europa demostró que no se trataba de una anomalía sino de una componente parasitaria indisociable (aunque no hegemónica en ese ciclo) de la reproducción capitalista. Por otra parte el estallido de 1914 y lo que siguió desmintió la imagen de cúpula armonizadora, estableciendo acuerdos, negocios que imponían equilibrios. Sus refinamientos y su aspecto “pacificador” formaban parte de un doble juego peligroso pero muy rentable, por un lado alentaban de manera discreta toda clase de aventuras coloniales y ambiciones nacionalistas como por ejemplo las carreras armamentistas (y de inmediato pasaban la cuenta) y por otro las calmaban cuando amenazaban producir desastres, pero esa sucesión de excitantes y calmantes aplicadas a monstruos que absorbían drogas cada vez mas fuertes terminó como tenía que terminar: con un gigantesco estallido bajo la forma de Primera Guerra Mundial.

El concepto de “lumpenburguesía” aparece por primera vez hacia fines de los años 1950 a través de algunos textos de “Ernest Germain”, seudónimo empleado por Ernest Mandel, haciendo referencia a la burguesía de Brasil que el autor consideraba una clase semicolonial, “atrasada”, no completamente “burguesa” (en el sentido moderno-occidental del término). Fue retomado más adelante, en los años 1960-1970 por André Gunder Frank generalizándolo a las burguesías latinoamericanas [7]. Tanto Mandel como Gunder Frank establecían la diferencia entre las burguesías centrales: estructuradas, imperialistas, tecnológicamente sofisticadas y las burguesías periféricas, subdesarrolladas, semicoloniales, caóticas, en fin: lumpenburguesas (burguesías degradadas).

Pero ese esquema empezó a ser desmentido por la realidad desde los años 1970 con la declinación del keynesianismo productivista y sus acompañantes reguladores e integradores. Se desató el proceso de transnacionalización y financierización del capitalismo global que desde comienzos de los años 1990 (con la implosión de la URSS y la aceleración del ingreso de China en la economía de mercado) adquirió un ritmo desenfrenado y una extensión planetaria. Mientras se desaceleraba la economía productiva crecía exponencialmente la especulación financiera, una de sus componentes principales, los productos financieros derivados equivalían a unas dos veces el Producto Bruto Mundial en el 2000 y representaban en 2008 unas 12 veces el Producto Bruto Mundial, por su parte la masa financiera global (derivados y otros papeles) equivalía en ese momento a una 20 veces el Producto Bruto Mundial. Hegemonía financiera apabullante que transformó completamente la naturaleza de la elites económicas del planeta, la desregulación (es decir la violación creciente de todas las normas), el cortoplacismo, las dinámicas depredadoras, fueron los comportamientos dominantes produciendo veloces concentraciones de ingresos tanto en los países centrales como en los periféricos, marginaciones sociales, deterioros institucionales (incluidas las crisis de representatividad).

Todo ello se ha agravado desde la crisis financiera de 2008 confirmando la existencia de una lumpenburguesía global dominante (resultado de la decadencia sistémica general) cuyos hábitos de especulación y saqueo enlazan con ascensos militaristas que potencian su irracionalidad, los Estados Unidos se encuentran en el centro de esa peligrosa fuga hacia adelante. Escalada militar en el Este de Europa, Medio Oriente y Asia del Este acompañada por claros síntomas de descontrol financiero donde por ejemplo el Deustche Bank acumula actualmente unos 75 billones de dólares en productos financieros derivados [8], papeles altamente volátiles que representaban en 2015 unas 22 veces el Producto Bruto Interno de Alemania y unas 4,6 veces el Producto Bruto Interno de toda la Unión Europea, del otro lado del Atlántico solo cinco grandes bancos norteamericanos (Citigroup, JP Morgan, Goldman Sachs, Bank of America y Morgan Stanley) acumulaban derivados por cerca de 250 billones de dólares [9], equivalentes a 3,4 veces veces el Producto Bruto Mundial o bien unas 14 veces el Producto Bruto Interno de los Estados Unidos. Imaginemos las consecuencias económicas globales del muy probable desplome de esa masa de papeles, mientras tanto los grandes lobos de Wal Street juegan alegremente al poker admirados por pequeñas aves carroñeras de la periferia deseosas de “abrirse al mundo” y participar del festín.

América Latina

América Latina no ha quedado fuera de esa mutación de carácter global. Existe un consenso bastante amplio en cuanto a la configuración de las elites económicas latinoamericanas durante las dos primeras etapas de la “modernización” regional (es decir su integración plena al capitalismo) entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX: la agro-minera-exportadora con sus correspondientes “oligarquías” seguida por el llamado período (industrializante) de sustitución de importaciones con la emergencia de burguesías industriales locales. Especificidades nacionales de distinto tipo muestran casos que van desde la inexistencia de “segunda etapa” en pequeños países casi sin industrias hasta desarrollos industriales significativos como en Brasil, Argentina o México con burguesías y empresas estatales poderosas. Desde prolongaciones industriales de las viejas oligarquías hasta irrupciones de clases nuevas, advenedizos no completamente admitidos por las viejas elites hasta integraciones de negocios donde los viejos apellidos se mezclaban con los de los recién llegados.

En torno de los años 1960-1970 el proceso de industrialización fue siendo acorralado por la debilidad de los mercados internos y su dependencia tecnológica y de las divisas proporcionadas por las exportaciones primarias tradicionales, apabullado por un capitalismo global que impuso ajustes y destruyó o se apoderó de tejidos productivos locales. La transnacionalización y financierización globales se expresaron en la región como desarrollo del subdesarrollo, firmas occidentales que pasaron a dominar áreas industriales decisivas mientras bancos europeos y norteamericanos hacía lo propio con el sector financiero, al mismo tiempo se agudizaba la exclusión social urbana y rural. La llamada etapa de industrialización por sustitución de importaciones había significado el fortalecimiento del Estado y en varios casos importantes la “nacionalización” de una porción significativa de las elites dominantes con la emergencia de burguesías industriales nacionales inestables, pero eso comenzó a ser revertido desde los años 1960-1970 y el proceso de colonización se aceleró en los años 1990.

Lo que ahora constatamos son combinaciones entre asentamientos de empresas transnacionales dominantes en la banca, el comercio, los medios de comunicación, la industria, etc. rodeados por círculos multiformes de burgueses locales completamente transnacionalizados en sus niveles más altos rodeados a su vez por sectores intermedios de distinto peso. Los grupos locales se caracterizan por una dinámica de tipo “financiero” combinando a gran velocidad toda clase de negocios legales, semilegales o abiertamente ilegales, desde la industria o el agrobusiness hasta el narcotráfico, pasando por operaciones especulativas o comerciales más o menos opacas. Es posible investigar a una gran empresa industrial mexicana, brasileña o argentina y descubrir lazos con negocios turbios, colocaciones en paraísos fiscales, etc. o a una importante cerealera realizando inversiones inmobiliarias en convergencia con blanqueos de fondos provenientes de una red-narco a su vez asociada a un gran grupo mediático. Las elites económicas latinoamericanas aparecen como una parte integrante de la lumpenburguesía global, son su sombra periférica, ni más ni menos degradada que sus paradigmas internacionales. Muy por debajo de todo ese universo sobreviven pequeños y medianos empresarios industriales, agrícolas o ganaderos que no forman parte de las elites pero que si consiguen ingresar al ascensor de la prosperidad inevitablemente son capturados por la cultura de los negocios confusos, si no lo hacen se estancan en el mejor de los casos o emprenden el camino del descenso.

Aunque cuando estudiamos a esas elites rápidamente descubrimos que su dinámica puramente “económica” solo existe en nuestra imaginación, un negocio inmobiliario de gran envergadura seguramente requiere conexiones judiciales, políticas, mediáticas, etc., por su parte para llegar a los niveles más altos de la mafia judicial es necesario disponer de buenas conexiones con círculos de negocios, políticos, mediáticos, etc. y ser exitoso en la carrera política requiere fondos y coberturas mediáticas y judiciales. En suma, se trata en la práctica de un complejo conjunto de articulaciones mafiosas, grupos de poder transectoriales vinculados a, más o menos subordinados a (o formando parte de) tramas extra-regionales a través de canales de diverso tipo: el aparato de inteligencia de los Estados Unidos, un mega banco occidental, una red clandestina de negocios, alguna empresa industrial transnacional, etc.

A comienzos del siglo XX la elites latinoamericanas formaban parte de una división internacional del trabajo donde la periferia agropecuaria-minera exportadora se integraba de manera colonial a los capitalismos centrales industrializados, en aquellos tiempos Inglaterra era el polo dominante [10]. Luego llegó el siglo XX y su recorrido de crisis, guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, keynesianismos, fascismos, socialismos… pero al final de ese siglo todo ese mundo quedaba enterrado, triunfaba el neoliberalismo y el capitalismo globalizado y cuando este entró en crisis en América Latina emergieron y se instalaron las experiencias progresistas que intentaron resolver las crisis de gobernabilidad con políticas de inclusión social a sistemas que eran más o menos reformados buscando hacerlos más productivos, menos sometidos a los Estados Unidos, más igualitarios y democráticos. Las elites dominantes se pusieron histéricas, aunque no habían sido seriamente desplazadas perdían posiciones de poder, se les escapaban de las manos negocios suculentos y su agresividad fue en aumento a medida que la crisis global dificultaba sus operaciones. Por su parte Estados Unidos, en retroceso geopolítico global, acentuó sus presiones sobre la región intentando su recolonización. Al comenzar el año 2016 los progresismos han sido acorralados como en Brasil o Venezuela o derrocados como en Paraguay o Argentina, Obama se frota las manos y sus buitres se lanzan al ataque, los capriles y macris cantan victoria convencidos de que estamos retornando a la “normalidad” (colonial), pero no es así; en realidad estamos ingresando en una nueva etapa histórica de duración incierta marcada por una crisis deflacionaria global que se va agravando acompañada por señales alarmantes de guerra.

Las éĺites dominantes locales no son el sujeto de una nueva gobernabilidad sino el objeto de un proceso de decadencia que las desborda, peor aún esas lumpenburguesías aportan crisis a la crisis más allá de sus manipulaciones mediáticas que tratan de demostrar lo contrario, creen tener mucho poder pero no son más que instrumentos ciegos de un futuro sombrío. Aunque la declinación real del sistema abre la posibilidad de un renacimiento popular, seguramente difícil, doloroso, no escrito en manuales, ni siguiendo rutas bien pavimentadas y previsibles.
 


1 Este texto ha sido publicado en el número 6 de la revista Maiz, Facultad de Periodismo y Ciencias de la Comunicación – Universidad Nacional de La Plata, Argentina, Mayo de 2016.

2 Jorge Beinstein, "Serra contra o Mercosul: o auge das direitas loucas na América Latina" http://cartamaior.com.br/?/Editoria/Internacional/Serra-contra-o-Mercosul-o-auge-das-direitas-loucas-na-America-Latina%0D%0A/6/15507

3 Carlos Marx, “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, en Carlos Marx-Federico Engels, Obras Escogidas, Tomo I, páginas 128-129, Editorial Progreso, Moscú 1966.

4 Ibid.

5 Ibid.

6 Karl Polanyi, “The Great Transformation.The Political and Economic Origins of Our Time”, Bacon Press, Boston, Massachusetts, 2001.

7 Andre Gunder Frank, “Lumpenburguesía: lumpendesarrollo”, Colección Cuadernos de América, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1970.

8 Tyler Durden, "Is Deutsche Bank The Next Lehman?", Zero Hedge, http://www.zerohedge.com/news/2015-06-12/deutsche-bank-next-lehman

9 Michael Snyder, "Financial Armageddon Approaches", INFOWARS, http://www.infowars.com/financial-armageddon-approaches-u-s-banks-have-247-tril ion-dol ars-of-exposure-to-derivatives/

10 " La inversión de las naciones industriales, en especial de Inglaterra, fluyó hacia América Latina. Entre 1870 y 1913, el valor de las inversiones británicas aumentó de 85 millones de libras esterlinas a 757 millones, una multiplicación casi por nueve en cuatro décadas. Hacia 1913, los inversores británicos poseían aproximadamente dos tercios del total de la inversión extranjera". Skidmore, Thomas E. y Smith, Peter H., "Historia contemporánea de América Latina. América Latina en el siglo XX", Ed. Grijalbo. 4a. edición, España, 1996.

miércoles, 20 de abril de 2016

PARA INDIGNARSE CON EXACTITUD ARITMÉTICA

por Jesús Suaste
MEMORIA (Revista Crítica Militante)

SOBREVIVIR A LOS DATOS

Wall Street, 2008. Su alta inteligencia lo lleva a ocupar un alto puesto en un alto banco del mundo. Hace las cosas lo suficientemente mal para poner la empresa al filo de la bancarrota. En recompensa a su gestión recibe sueldo y bonos millonarios. Las buenas noticias no paran allí: sus altos colegas han hecho las cosas aproximadamente igual de mal que él, generando pérdidas récord en la historia de la industria bancaria y poniendo al mundo en el borde de un colapso financiero. Como premio a esta gestión colectiva, el gobierno, en representación del pueblo -es decir, con cargo al erario- entrega al sistema bancario, para rescatarlo, setecientos mil millones de dólares. Para terminar, su alto sentido de la conservación le sugiere destinar buena parte de ese rescate público a un nuevo premio por el provechoso acuerdo alcanzado: en total, los veintiocho más audaces de sus colegas se habrán bonificado 440 millones de dólares; el siguiente millar más afortunado se repartirá un combinado de 4 mil 500 millones.

Mucho dinero en pocos renglones.

La primera dificultad que sale al paso de quien pretende analizar la situación económica del mundo o de su país es la de verse recibido por una procesión de cifras exorbitantes y naturaleza diversa. En cosa de segundos se transita de las decenas de millones de pesos a los miles de millones de dólares, y de pequeñas tropelías municipales a saqueos que acaban con la vida de países o regiones enteras: se lee que el esfuerzo de los trabajadores de un determinado ramo se trueca en riquezas millonarias para sus líderes sindicales; se lee que nuestro pueblo eroga siete mil millones de pesos para la compra de la nueva aeronave presidencial; se lee que la deuda pública estadounidenses pertenece al orden de las decenas de millones de millones de dólares; se lee que, a nivel global, unas cuantas docenas de individuos acaudalados poseen tanta riqueza como la mitad más pobre del planeta. La danza de cifras oscila entre cantidades que el ciudadano medio nunca verá en su bolsillo a cantidades que verá todavía menos, y entre formas de transferencia de valor que van desde las sutilezas de la desigualdad estructural hasta el franco robo en despoblado. ¿Cómo armarse, pues, para afrontar ese vendaval de cantidades? ¿Cómo orientarse en esa retahíla de revelaciones escandalosas por absurdas e indignantes por exactas, pero cuya abundancia y diversidad complican, por la vía de la saturación, la posibilidad de evaluar a cada una de ellas en su justa dimensión?

Antes de lanzarnos a plantear, desde la economía política, cuestiones relativas al capitalismo financiero, a la relación de éste con la llamada ‘economía real’, y a los retos que esta relación plantea para los proyectos anticapitalistas, creemos necesario, mediante una labor propedéutica, establecer un plano de ubicación que nos permita poner en perspectiva las magnitudes con que el análisis económico convive: una hoja de ruta -mínima, sin duda, pero igualmente provechosa- para sobrevivir a la citada avalancha informativa. Los puntos de referencia que aquí establezcamos servirán para dimensionar los motivos de indignación que a cada quién le parezcan pertinentes. En la escala que presentaremos, los datos que el lector recuerde o descubra encontrarán cabida y proporción.

La transcripción de cifras es un ejercicio de alcance limitado. No obstante, algo nos dirá sobre el estado actual del mundo. Y es que, si la lógica del sistema económico es la del disparate, su mera descripción toma los tintes de una crítica de panfleto. Pese a su apariencia de parquedad y precisión, el escándalo es el estado de ánimo ordinario de las estadísticas. El género del ‘informe económico’ posee un halo de tragedia y farsa.

¿CUÁNTO ES MUCHO?

Nota del editor del blog: las cifras económicas que siguen están expresadas en pesos méxicanos y dólares estadounidenses. Para conocer sus equivalencias en euros solo hay que multiplicarlas por los siguientes tipos de cambio aproximados:
1 MXN (peso mexicano) = 0,05 EUR
1 USD (dólar yanqui)= 0,88 EUR

Para conocer las cifras en las antiguas pesetas, las equivalencias son las siguientes:
1 MXN = 8,54 ESP (peseta)

1 USD = 147,2 ESP

Sobrevolemos el espectro en que se mueven los números de la macroeconomía -cantidades que oscilan entre los 7 y los 15 dígitos-.

Ubiquémonos, para comenzar, entre las decenas y las centenas de millones de pesos. Son cantidades altas pero no inconcebibles. Después de todo en este rango se encuentran las pequeñas afrentas que constituyen la materia cotidiana de la política nacional: como los 23mp que usted y sus colegas contribuyentes entregan anualmente a los cinco magistrados de la Suprema Corte de Justicia (en los que se incluyen prestaciones como aguinaldo, ‘ayuda para anteojos’ y un humanitario ‘estímulo del día de la madre’); como los 40mp que su generosidad destina a la manutención de los expresidentes mexicanos; como los 500mp que, en el fraude conocido como PEMEXGATE, el sindicato petrolero malversó en beneficio del candidato presidencial priísta…

Agregue un dígito para construir cantidades en el orden de los miles de millones de pesos: encontrará allí el monto que los Partidos Políticos recibieron para la campaña electoral de 2012 (1.6), o bien el monto de la deuda que el fisco condonó a Televisa en 2012 (3.3). También el costo de la referida nueva aeronave presidencial (7), el costo de la tristemente célebre Línea 12 del Metro de la Ciudad de México (26), así como las partidas que reciben algunas de las secretarías e instituciones más importantes de nuestro país: 35 la UNAM, 65 la SEDENA, 130 la Secretaría de Salud o 292 la SEP.

Llegados a este punto, y para hablar del ámbito global, será pertinente expresar los cálculos en dólares y situarnos en la categoría de los miles de millones (billion, según la nomenclatura estadounidense, un uno seguido de 9 ceros). En este rango se ubican las ganancias anuales de algunas de las empresas más importantes del mundo: Apple (37), Exxon Mobil (32.6), Microsoft (22.8), Wal-Mart (16), Google (12.2), Nestlé (10.8), Coca-Cola (8.5). También aquí encontramos los montos que el rescate bancario de 2008 entregó a los principales bancos de Estados Unidos: 45 a Bank of America, 45 a Citigroup, 25 a Wells Fargo… En total, el plan de rescate ascendió a 700 mil millones de dólares (de los cuales, como antes señalamos, 4.5 mil millones fueron a parar, por concepto de bonificación, a las manos de sólo 1,111 ejecutivos de los bancos rescatados.) Para otras cantidades pertenecientes a las centenas de miles de millones de dólares diríjase a las economías nacionales de la mayoría de los países (v.g. Suiza: 631, Noruega 500, Argentina 477, Venezuela 382 etc.).

Si ya resulta difícil imaginar mil millones de dólares -y más difícil empaquetarlos en grupos de decenas o centenas- multiplique por mil tal cantidad para alcanzar la denominación de los millones de millones (‘trillion’ en la nomenclatura estadounidense). Estas cantidades se componen de doce ceros y expresan el valor producido por las mayores economías del mundo: por ejemplo 1.2 millones de millones de dólares equivalen al producto nacional de México; 2.2 al brasileño y 8.3 al de China. De 1 a 3 millones de millones de dólares (las estimaciones varían) ha costado a Estados Unidos la guerra contra Irak. 17 millones de millones equivalen al PIB estadounidense, una cantidad tan alta como la de su deuda pública. 2.29 millones de millones es la riqueza poseída por los 400 estadounidenses más ricos. En el ámbito internacional, a 85 millones de millones asciende el producto global (Gross World Product) del año 2012. El 2 por ciento de esa cantidad, 1.7 millones de millones, se destinaron al gasto militar. Por otra parte la crisis económica de 2008 habría tenido un costo de entre 15 y 20 millones de millones de dólares.

¿Tendría sentido hablar de cantidades superiores? Asomándonos a la estratósfera de las cantidades acaso nos encontremos con el dato, desconcertante, de que el mercado de los derivados financieros, en vertiginoso ascenso desde hace dos décadas y protagonistas de la crisis financiera de 2008, posee un valor nocional de 1.2 miles de millones de millones de dólares (un quadrillion, según la notación estadounidense, que se representa con un 1 seguido de 15 ceros), cantidad imposible de materializarse dado que excede la totalidad de la riqueza existente en el planeta y que acaso sea superior a los productos elaborados por la humanidad a lo largo de su existencia. De millar en millar, la aritmética nos habrá llevado al punto, absurdo a todas luces, en que una cantidad existente solo en los contratos pactados por un puñado de expertos financieros se habría tornado equiparable con los años de historia del trabajo vivo. Como un signo de los nuevos tiempos, el demencial y ascéptico mundo financiero -en el que el dinero engendra dinero sin producir un gramo de mercancías y sin lidiar con un solo trabajador- reclamaría para sí un peso mayor del que posee la llamada economía real.

Tenemos pues una serie de cantidades, más o menos inconexas y de muy diversa índole, ordenadas de menor a mayor. La serie es útil para ubicación y comparación entre las cifras. Es preciso sin embargo analizar estos datos según los fines en que se gastan y las proporciones en que se distribuyen entre la población.

Distintas escalas de riqueza. Para poner en proporción las cifras, la cantidad más alta de cada cuadro es colocada como la cantidad más baja del subsiguiente.

NUEVAS UTOPÍAS PARA RESIGNADOS

En el año 2012 el Producto Mundial Bruto (World Gross Product o WGP) se estimó en 85 millones de millones de dólares (un 85 seguido por 12 ceros). En un estado de perfecta igualdad este monto alcanzaría para que cada uno de los siete mil millones de individuos sobre la tierra tuviera un ingreso anual de aproximadamente 12 mil dólares anuales (un hogar de cuatro personas viviría con aproximadamente 4 mil dólares mensuales, unos 62 mil pesos). Supongamos que nuestras esperanzas revolucionarias se encuentran tan a la baja que ya no esperamos sociedades de igualdad perfecta, sino apenas sociedades de desigualdad controlada. Por ejemplo: en una situación de desigualdad alarmante, en que la quinta parte más rica de la población recibiera 25 veces más que la quinta parte más pobre (y en el que cada quintil creciera a intervalos proporcionales y constantes), el 20% más rico de la sociedad acapararía tantos ingresos como el 60% de la población mundial. En un estado de desigualdad aberrante, en el que la proporción de ingresos entre la cumbre y la base fuera de 1 a 50, el quintil superior acapararía casi el 40% de la riqueza mundial (unos 33 millones de millones de dólares), mientras que 1,200 millones de personas vivirían en situación de extrema pobreza (con aproximadamente 1.3 dólares al día).

Porcentaje de la riqueza total poseída por cada quintil de la sociedad. Comparativo entre un escenario imaginario de desigualdad profunda y la realidad.

Para sorpresa de muchos, pero para ratificación de nuestro pesimismo, el hecho es que, en comparación con el estado actual del mundo, alcanzar ese escenario de desigualdad aberrante representaría un inmenso progreso, y sería alcanzable solo mediante una transformación profunda, global y sostenida, en las relaciones de propiedad. Para decirlo llanamente, la meta de edificar una sociedad con tales tasas de desigualdad sería propia de comunistas radicales.

Este hecho acaso no hable bien del ánimo revolucionario de nuestro tiempo. Pero habla mucho peor, e inobjetablemente, de la capacidad del capitalismo para distribuir la riqueza bajo criterios mínimamente racionales. Los índices de desigualdad de nuestra sociedad son descabellados. Nunca tanta riqueza hubo convivido, lado a lado, con los niveles tan altos de privación. De acuerdo con algunas estimaciones, el 40% de la población vive con menos de $2 dólares al día; casi el 20% de la población mundial lo hace con $1.25 dólares al día. Más de ochocientos millones de seres humanos viven en la pobreza mientras que el 20% más rico de la población acapara casi el 75% del consumo global. Si desagregamos cada uno de estos dos grupos la situación luce aún más grave: el 10% más rico ejerce el 59% del consumo mientras el 10% más pobre accede solo medio punto porcentual, y tan solo el 1% de la población tiene tantos ingresos como los 3 500 millones más pobres del planeta. De acuerdo con esta información, la desigualdad entre el primero y el último decil de la sociedad está en proporción de 1 a 118. Finalmente, en términos de riqueza total, la desigualdad se acentúa: la riqueza del 1% más rico del mundo asciende a 110 millones de millones de dólares, equivalente a 65 veces lo que posee el 50% más pobre de la población. En el dato más inverosímil e indignante que ofrece nuestra economía se lee que las 85 personas más ricas del mundo (la cienmillonésima parte de la población, un .000001%) posee lo mismo que los tres mil quinientos millones de seres humanos más pobres, el 50% de la población.


Una forma alternativa de enfocar el mismo tema es concentrándonos en el orden de prioridades en que el sistema económico distribuye el gasto.
A la serie de datos que hemos propuesto agreguemos, para ponerlos en proporción, una cantidad bien modesta: en 2007 la FAO declaró que para erradicar el hambre en el mundo se necesitaría incrementar los fondos destinados a este fin en 45 mil millones de dólares. Dada la diversidad de las estimaciones al respecto, y para tener en cuenta la dificultad de establecer un cálculo preciso, supongamos que el cálculo tiene un margen de error tan alto como el 100%, y que la cantidad real requerida ascienda al doble de lo previsto por esta estimación. Tomemos esta previsión para asegurarnos de que la cifra que usaremos como parámetro sea suficiente. A falta de un mejor nombre, concédasenos provisionalmente llamar canasta básica global (CBG) a los 90 mil millones de dólares de esta estimación corregida y aumentada.
Tomando esta cantidad como criterio de evaluación las confirmaciones sobre la irracionalidad de nuestro sistema nos llegan desde múltiples ámbitos de la economía:

Consideremos, por ejemplo, la industria del lujo (compuesta por bienes superfluos como joyería, ropa y accesorios de diseñador, accesorios, relojería, etc.) que en 2012 alcanzó ventas en el orden de los 300 mil millones de dólares. Sin abolir el derecho de los pudientes a adquirir la banalidad que su libre arbitrio les dicte, una reducción de menos un tercio de este monto equivaldría al costo de la canasta básica global. Algo semejante podríamos decir si contrastamos el monto de la canasta básica con gastos como los 320 mil millones que el mundo destina cada año al consumo de drogas ilegales (100 de ellos salidos de los  bolsillos estadounidenses), o de los 1.3 millones de millones de dólares anuales que las naciones destinan para amenazarse recíprocamente -y llegado el caso garantizar su destrucción-, cantidad 19 veces superior a la canasta básica global. Podríamos tener un mundo sin hambre y todavía espectacularmente hostil, armado y agresivo, si las naciones transfirieran para este fin tan solo un 5% de su presupuesto militar. Lo mismo valdrá para los aproximadamente USD 3 millones de millones que costará a los Estados Unidos su empresa imperial en Irak: el 3% de esa cantidad cubriría el costo de la canasta básica global por un año. Téngase en cuenta que tan solo estamos considerando cuatro rubros de gastos superficiales o prescindibles. Un levísimo redireccionamiento combinado en cada uno de ellos (de apenas unos cuantos puntos porcentuales) bastarían para cubrir, con creces, el costo de la CBG. A tal punto se eleva el desarrollo de las fuerzas productivas de nuestra sociedad (tan irrisorio es el tiempo socialmente necesario para garantizar las condiciones materiales de la vida) que el monto requerido por la CBG ni siquiera exigiría aniquilar alguno de estos rubros: nuestra sociedad podría darse el lujo de vivir sin hambre y dejar casi intactos los recursos que destina a gastos excesivos, estrafalarios y destructivos.

El lector podrá completar este ejercicio mediante la comparación de la CBG con los montos que el sistema económico asigna a otros rubros prescindibles (la industria publicitaria o la del entretenimiento, por ejemplo), o bien proponiendo como criterios de evaluación las cantidades que garanticen otras dimensiones de una vida digna (salud, agua, educación, vivienda etc.) Estas variantes llegarían al mismo resultado que nuestro modesto ejercicio: la manifiesta desproporción entre la cantidad de riqueza producida y la calidad del consumo distribuido. La contradicción entre, por un lado, una capacidad productiva en desarrollo y siempre creciente y, por otro, la incapacidad de traducir ese crecimiento en posibilidades de desarrollo para los individuos. La riqueza no deja de crecer mientras la vida no deja de colgar en un alambre. Más sencillo resultó para nuestra sociedad salvar un sistema bancario corrupto que erigir un sistema alimentario digno; y más sencillo le ha resultado incrementar las ganancias de los multimillonarios que tender una mano a los sumidos en la miseria.


CODA, QUE REAFIRMA LA INDIGNACIÓN

¿Son estas cifras testimonio incuestionable de la necesidad de una transformación radical del sistema productivo? No para todos. Recientemente un acaudalado inversionista, entrevistado para la televisión estadounidense, calificó como un hecho  fantástico el que las 85 personas más acaudaladas del mundo posean tanta riqueza como la mitad de la población más pobre. La razón, adujo, es que una desigualdad así ‘inspira a todos a conseguir algo de motivación para voltear hacia ese 1% y decir: yo quiero convertirme en una de esas personas, voy a luchar fuerte para llegar hasta la cima. Son fantásticas noticias. ¿Qué podría haber de malo en ello?’

El infame Kevin O'Leary, capitalista y estrella televisiva del reallity 'Shark Tank' ('Negociando con tiburones' en su versión hispana), autor de estas "estimulantes" declaraciones. Nótese la posición de las manitas en permanente rezo al dios Capital. Semejantes personajes solo pueden provocar un tipo de estímulo a toda persona dotada de un mínimo de raciocinio y esencia humana. (Comentario del editor de este blog)

Cabe suponer (con toda seriedad) que estamos ante la opinión más estúpida que se haya expresado sobre el estado de la economía mundial. Admitirla como válida, no obstante, acaso nos coloque en una perspectiva novedosa, y ante una síntesis confiable de la representación que los capitalistas tienen de sí mismos: los megamillonarios, a cambio de desposeer a media humanidad de los medios elementales para la subsistencia, la recompensarían mediante la prestación de servicios motivacionales. Su ser millonario sería ya su retribución al mundo; la ostentación de su riqueza sería ya un acto de filantropía. Manteniendo las proporciones actuales, un individuo motivado que consiga filtrarse a la élite no sólo producirá 41 millones de nuevos pobres, sino que aumentará en 1 el número de casos inspiracionales a disposición de la humanidad. Una sociedad de 190 inspiradores pondría a los siete mil millones de humanos de la tierra en estado de material inspirable, y aún sería deseable una sociedad de 191 ricos salvo por el detalle de que entonces se habrían agotado las personas.

Con todo, aún podríamos exigir, como sociedad, que los ricos redoblen sus esfuerzos motivacionales. Falta de promoción, mala pedagogía o poco entrenamiento en las artes de la superación personal, poquísima gente está consiguiendo seguir el ejemplo. La mayoría de los seres humanos persevera en su condición de pobreza y algunos incluso reniegan de la condición de vivos. En el lapso que el lector haya tomado para revisar estas páginas (aproximadamente dos minutos) unas ocho personas en el mundo, en su mayoría niños, habrán fallecido por un mal crónico asociado a la desnutrición. 21 mil personas lo harán en el transcurso de este día.

Quienes, a diferencia de nuestro comentarista, persistan en el prejuicio que algo hay de malo con el capitalismo contemporáneo, algunas cuestiones se habrán insinuado entre estas líneas.



FUENTES

Desigualdad económica:

– United Nations Development Programme, Human Development Report 2007-2008, New York, USA.  Oxfam International, Working for the few, Enero 2014.

– Isabel Ortiz, Matthew Cummins. Global inequality: beyond the bottom billion. A Rapid Review of Income Distribution in 141 Countries, UNICEF, April, 2011.

– Millenium Development World, http://www.unicef.org/mdg/childmortality.html

– Shark Tank’s Kevin O’Leary says 3.5 billion people in comparative poverty is ‘fantastic news’, The Independent, Enero 22 de 2014.

Estado actual de la economía:

– Informe de Forbes Magazine, The World’s Biggest Public Companies.

– Informe, Food and Agriculture Organization, Junio 2008, disponible en: http://www.fao.org/NEWSROOM/en/news/2008/1000853/index.html

– Global Issues, World Military Spending, disponible en http://www.globalissues.org/article/75/world-military-spending

– Industria del lujo: http://www.bain.com/publications/articles/luxury-goods-worldwide-market-study-fall-2013.aspx

Sobre el colapso financiero de 2008:

– Andrew M. Cuomo, No rhyme or reason: the ‘heads I Win, Tails You Lose’ Bank Bonus Culture, Attorney General, State of New York.

– Al Yoon, “Total Global Losses From Financial Crisis: $15 Trillion”, en The Wall Street Journal, 01/10/2012. Disponible en: http://blogs.wsj.com/economics/2012/10/01/total-global-losses-from-financial-crisis-15-trillion/